La Cara Oscura del Corazón

Guillermo A. Laich
03/10/2015 12:05

El miedo y el amor suelen ser inseparables, pero también lo son el miedo y el odio. El amor se une al miedo porque el amor siempre produce miedo; el odio se une al miedo porque es una respuesta automática a el, y porque el miedo humilla. El odio oscurece el corazón, mata el pensamiento, destruye la autoestima, y daña al que odia. El odio, la envidia, y el resentimiento son las tres caras de una única herida emocional. Una herida mal cerrada que oculta el amor y la admiración de alguien que ha intentado ser como la otra persona, pero no ha podido. 

Una fabula cuenta la historia de dos hombres que habían compartido injustamente una celda en prisión durante varios años, a la vez que soportaban todo tipo de maltratos, desprecios, y humillaciones. Una vez puestos en libertad, se encontraron años después para compartir un café y recordar viejos tiempos. Uno de ellos preguntó al otro: ¿alguna vez te acuerdas de nuestros malvados carceleros? A lo cual el otro respondió:  para nada, he logrado olvidar todo lo referente a esos tiempos -  ¿y tú? A lo cual el otro contesto: yo no olvidé nada, y continúo odiándolos cada día más. Su amigo lo miró en silencio durante unos instantes, y luego dijo: lo siento por ti, querido amigo, si eso es así, es porque se ha activado la cara oscura de tu corazón, y aún permaneces psicológicamente preso mediante tu odio y resentimiento.

El odio es una reacción de impotencia que se caracteriza por un sentimiento de antipatía, disgusto, o aversión hacia una persona, cosa, o fenómeno. También implica el deseo de limitar o destruir al objetivo señalado. El odio dirigido hacia otro es la venganza interna de una persona arrogante, envidiosa, e intimidada. La envidia y el odio suelen ir siempre unidos, y se fortalecen recíprocamente por el hecho de perseguir el mismo objetivo … destruir al otro. 

El odio se describe con frecuencia como lo contrario del amor, pudiendo crear aversión, sentimientos de destrucción, pérdida del propio equilibrio mental, e incluso provocar la autodestrucción. El odio solo es justificable desde un punto de vista eminentemente emocional e irracional, pero de ninguna manera desde una perspectiva coherente y racional. Esto se debe a que el odio atenta frontalmente contra el diálogo, la tolerancia, la comprensión, el amor, y el perdón. 

Cuando el odio se prolonga en el tiempo se convierte en resentimiento. El resentimiento es un poderoso y persistente sentimiento de enfado y rencor que crece exponencialmente con el paso del tiempo. El origen del rencor o resentimiento puede deberse a insultos, abusos de confianza, engaños, ofensas, desprecios, maltratos, envidia, y aunque parezca mentira, también a la admiración. 

El resentido es aquel que logró cerrar la herida emocional y se quedó dentro, y su amargo comportamiento consiste en envenenarse a el mismo para que la otra persona muera. De esta manera el resentido mantiene y cultiva la llama de la ira, niega sus buenos sentimientos, y mantiene prejuicios negativos y obsesivos que lo encadenan al proceso. De esta forma el resentimiento se convierte en una especie de gusano que anida subterráneamente, roe las entrañas, y envenena el cuerpo y la mente de quien lo padece. 

Tanto el odio como el resentimiento son síntomas emocionales sobredeterminados (que son producto de múltiples causas) de una mente mal intencionada y direccionada que jamás ha logrado establecer un estado de paz interior. Me refiero a un síntoma emocional negativo y altamente auto corrosivo que se acumula gradualmente hasta adquirir valores irracionales acompañados de un incontrolable impulso de venganza. De ahí que el resentimiento se asemeje, en mucho, a una fotocopiadora que solo sabe hacer infinidades de copias de su propio dolor. 

El resentimiento siempre nace de una sensación de expectativa frustrada, donde el propio término expectativa constituye la clave del proceso. Cuando damos por descontado y creemos justo y lógico que el otro se comporte de determinada manera en algo que tiene significado especial para nosotros, y no sucede así, nos sentimos injustamente pagados. Si bien no toda ofensa produce resentimiento, todo resentimiento va precedido de una ofensa – que puede ser real, convenientemente construida, o imaginada. 

Lo único que el resentido desea hacer es responder a tal ofensa y vengarse con toda la furia que alberga su alma. Todo ello para que el otro padezca el mismo dolor emocional que él mismo padece. El proceso se produce en fases o etapas.

Lo primero que se suele hacer es retirarle lo más importante que le está dando: su reconocimiento, su afecto, y su amor. Lo fundamental es que la otra persona sienta, y se dé cuenta, del dolor y malestar que ha causado. Metafóricamente hablando, todo resentido que decida emprender el viaje de la venganza deberá comenzar por cavar dos tumbas, la suya y la del otro. 

A partir de ahí, el proceso de venganza comience a sabotear la relación con la otra persona, y lo hace aplicando una forma intransigente, y a veces injusta, para juzgar lo que la otra persona hizo, dejo de hacer, o hizo mal en un momento determinado. Tal actitud distorsiona su perspectiva de la relación hasta tal punto que comienza a ser cada vez más intransigente y menos benévolo con el otro. Cosas de la otra persona que antes no le molestaban, ahora las encuentra insoportables, y todo lo que hasta ese momento todavía funcionaba bien entre los dos, empieza a parecerle insulso, falso, y carente de sentido. Esta claro que a las personas se les conoce de verdad cuando ya no nos necesitan. 

Con el paso del tiempo, el resentido extrapola y aplica todo lo anterior de tal manera que salpica al pasado, presente, y futuro, encontrando cada vez más motivos y elementos negativos de los cuales no se había percatado antes. Todo ello como medida defensiva para reforzar y justificar sus argumentos de resentimiento y venganza, y preguntarse a si mismo: ¿Cómo es que he sido tan ciego ante todo esto?, ¿cómo he permitido que todo esto sucediera sin reaccionar?  

Lo que realmente sucede es que, ahora el resentido está mirando las cosas con otros ojos y a través de una lente emocional miope y astigmática que produce adicionales distorsiones en su interpretación de los hechos. En tal caso la fuerza percibida suele ser la fuerza atribuida y la fuerza aplicada suele ser la fuerza percibida. Ahora al resentido se le ha oscurecido el corazón por completo y se ha convertido en un formidable y rabioso enemigo. Ya no está dispuesto a modificar, tolerar, ni disculpar nada, y se limita a implementar dos operaciones psicológicas que le consumen la gran parte de su energía psíquica: despreciar y demostrar indiferencia hacia la existencia del otro. Que predecibles somos los seres humanos. 

Cuando la relación llega a tal punto, lo único aceptable sería que el otro se diera cuenta de su participación como causante del dolor. Generalmente el resentido pretende que tal reconocimiento suceda automáticamente y que quien le ofendió le presente sus mas sinceras y humildes disculpas de forma espontánea. Pero siento decirles que en la practica nada de esto suele suceder, ya que el otro ni siquiera se ha enterado de que ofensa se trata o de que va el  asunto. Como el resentido típicamente esconde y calla por miedo, todo queda en tablas, y el proceso se prolonga en el tiempo. 

El desprecio indiferente y silencioso del resentido representa un enojo no expresado que este reprime y calla una y otra vez. Y lo hace por temor a las consecuencias, o por su incapacidad de enfrentarse a la otra persona como un adulto con recursos. En consecuencia, y por carecer de tales recursos, su comportamiento es típicamente infantil y manipulador. El proceso se asemeja mucho a la defensa del yo conocida como dicotomización o splitting que vemos en los trastornos de personalidad borderline. Tal defensa se basada en la total idealización o desvalorización, sin existir termino medio, y representa el comportamiento polarizado típico de personas inestables que convierten la emoción en su opuesto con rabia y acusación.   

Como todas las realidades son parciales, donde algunos ven una ofensa imperdonable, otros la ven como algo exento de importancia. Y aunque el acto ofensivo en sí haya sido el mismo, uno jamás debe convertirse en policía, juez, carcelero, y verdugo al mismo tiempo. No juzgar al otro es una de las reglas básicas de una amistad basada en la confianza y el respeto mutuo. 

A mi consulta de salud mental a menudo llegan personas que dicen sentir resentimiento hacia su ex pareja, al hijo, al padre, a la madre, al hermano, al tío, al abuelo, al amigo, o a un compañero de profesión qué – supuestamente - lo despreció o abandonó. En fin, la lista de personas a las que se pueden odiar es prácticamente infinita, pero tanto el odio como el rencor representan la necesidad de decir algo u obtener un reconocimiento de la otra persona que jamás se ha podido expresar u obtener - o al menos no con la vehemencia e intensidad que el resentido desea. De ahí que las primeras preguntas que realizo a mis pacientes sean: ¿que merito o reconocimiento merecio y no recibio?, ¿a que merito o reconocimiento se refiere?, y ¿por parte de quien?; ¿que amor se le nego?, y ¿por parte de quien?; ¿que aprecio falta ahora en su vida?, y ¿por parte de quien?; ¿por que la aprobacion de ellos es tan importante para usted?, y ¿que le gustaria que le dijeran?; y ¿como influyeron todas esas faltas y hechos sobre usted? 

De una forma u otra, lo cierto es que ir por la vida cargado de odio y resentimiento es como llevar una pesada mochila de infelicidad sobre la espalda. Lo mejor es intentar canalizar esos pensamientos, emociones, y comportamientos negativos de una vez por todas. A continuación les ofrezco seis breves consejos al respecto. 

En primer lugar, hay que sentarse a conocer bien a la otra persona, hablar claramente con el o ella, y contarle como se siente uno. En caso de no poseer el coraje o las herramientas psicológicas para hacerlo, se puede utilizar la técnica de la silla vacía. Uno se coloca delante de una silla imaginando que allí se encuentra la otra persona. Hay que decirle todo lo que uno piensa. También se le puede escribir una detallada carta. Se trata de una técnica con un elevadísimo poder de resolución catártica ya que al realizarla, uno inmediatamente se siente mejor. 

En segundo lugar, hay que saber aceptar la imperfección que caracteriza la subjetividad humana. Todas las personas son imperfectas, y no siempre pueden satisfacer nuestras expectativas y necesidades. Recuerde que usted también es un sujeto imperfecto, y es importante aprender a vivir con ello. 

En tercer lugar, no hay que convertirse en policía, juez, carcelero, ni verdugo. Detrás de la mascara del odio y el rencor siempre se esconde un juicio, y la falsa soberbia y sensación de que uno está por encima o es mejor que la otra persona. En realidad, todo ser humano es distinto a los demás y debe ser respetado como tal. No se puede ir por la vida vistiendo la toga del juez y juzgando de forma omnipotente los actos de los demás. 

En cuarto lugar, hay que aceptar el hecho de que todo esta en movimiento y que todo cambia con el tiempo. El mundo está en continúa formación y transformación, y las personas con él. Quizá uno aun no se ha percatado de que la otra persona ha cambiado, y que ya no es la misma que provoco la herida. A veces se conserva una imagen negativa – pero falsa - del otro porque está demasiado imbuido en la imagen que se ha construido de él. Una imagen que ya no se corresponde con la realidad y que el propio orgullo impide modificar. 

En quinto lugar, hay que aprender a dejar que la vida fluya naturalmente, y a dejar ir. La vida no es ni jamás fue justa, y en ella pueden suceder muchas cosas incoherentes e injustas. A veces es difícil encontrarle el lado positivo a la vida, pero hay que intentarlo. El odio y el resentimiento de un individuo puede cegarle de tal manera que éste recurra a cualquier acción o reacción solo por hacer el mayor daño posible al otro. 

En sexto lugar, y a pesar de todo lo expresado anteriormente, en algunos casos extremos la mejor táctica (a corto plazo) y estrategia (a largo plazo) consiste en establecer una prudente distancia de seguridad con la persona resentida. En su lugar debemos rodearnos de personas mas maduras, humanas, y positivas que realmente valoren nuestras cualidades y nos hagan sentir bien. Si bien no podemos elegir a nuestros familiares, sí podemos elegir a nuestros amigos. 

Todo se reduce a que sólo nosotros poseemos la potestad intrínseca para otorgar o revocar poder – cualquier poder - a los demás sobre nosotros mismos. Al individuo odioso y resentido, sea cual sea la causa de sus agresiones – tanto activas como pasivas - hay que revocarle todos los derechos y poderes que previamente le hemos otorgado, y continuar con nuestra vida. 

Para caer en el odio y el resentimiento es imprescindible estar en posesión de una personalidad alterada previa que lo haga factible. Una personalidad capaz de mantener un comportamiento obsesivamente vengativo que se extiende indefinidamente en intensidad y en el tiempo. Una personalidad que maneja las ideas y los sentimientos mediante una visión y una interpretación falsa de la realidad, y donde su resentimiento hace que se centre exclusivamente en esa única emoción a modo de un disco rayado que se repite una y otra vez. 

Entonces toda su actividad en el actuar, pensar, sentir, y vivir, se centra y enfoca sobre esa única emoción con el fin de hacer todo el daño posible a la otra persona. Todo lo demás no importa. Con el paso del tiempo el resentido deja de vivir su propia vida, deja de tener entidad propia, y deja de ser una persona real viviendo en un mundo real. Lo único que le alimenta es su deseo de hacerle al otro todo el daño posible mediante calumnias y vituperios de todo tipo. 

Este tipo de persona no ve más allá del punto donde ha centrado el foco de su macabra atención. En ese momento, y como si de un acto de magia se tratase, dejan de tener figura y personalidad todos esos amigos y personajes que están a su alrededor. Todo lo demás, ni existe ni importa, ya que sólo son personajes periféricos y secundarios que sirven como actores en una obra de teatro donde las luces del escenario se dirigen hacia una única figura, dejando en la mayor oscuridad a todos y todo lo demás. Este triste y lamentable comportamiento se caracteriza por una total carencia de resonancia afectiva con la otra persona. 

Por lo tanto, lo contrario al amor no es el odio ni el resentimiento, sino el miedo y la indiferencia. Cuando ambos aparecen en la ecuación, el nexo que los unía ha desaparecido por completo. Cuando se ama a alguien, existe un sentimiento de unión con la otra persona; cuando se odia a alguien, la unión continua a través del odio; pero cuando se tiene miedo y se es totalmente indiferente, no existe nada que los una, y todo se acabo definitivamente. 

En realidad, todo surge de la baja autoestima, el propio miedo, y el temor de volver a ser herido. En tal caso ya no interesa nada ni nadie, y la persona alza altos y fuertes muros de protección psicológica para alienarse en su propio interior. Los textos espirituales más antiguos y transcendentes afirman, de forma muy sensata e inteligente, que lo contrario al amor es el miedo, y que el verdadero amor es la ausencia de todo miedo. Pero ¿que es eso a lo que tanto miedo se le tiene? … paradójicamente, se teme al amor. 

Existe un matiz adicional entre el amor y la indiferencia que debemos aclarar: mientras que el amor (libre de miedo) siempre encuentra una manera válida de restaurar el nexo perdido, la indiferencia (ligada al miedo) siempre encuentra una excusa invalida para que tal nexo no se restaure. Ahí radica la autentica diferencia.

En resumidas cuentas, las personas que mas odian y se resienten, son aquellas personas infantiles, débiles, y con baja autoestima que, en acto de compensación han desarrollado un enorme ego – u orgullo – que los ciega a la realidad. En todos ellos, lo opuesto al amor, si bien aparenta ser  odio, en realidad es miedo. Un miedo acompañado de frialdad e indiferencia, y el deseo de destruir - y mantener destruido - el nexo con el otro. Estamos hablando de una fuerte y despiadada activación de la cara oscura del corazón que anida en todos nosotros. Una cara donde residen emociones de inseguridad, temor, indefensión, e incompletud que aun no han sido debidamente examinadas y/o comprendidas por la propia persona. Es esa oscura y frágil ... muy fragil ... cara del corazón quien ha señalado con odio, resentimiento, e indiferencia a la otra persona. 

Todo lo demás, está en negro ...

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