Piense Como un Psicoanalista

Guillermo A. Laich
04/01/2018 21:21

 

 

"El pendulo de la mente alterna entre sentido y sinsentido, no entre el bien y el mal ..."

Carl Jung

 

 

El termino “economía” se refiere a la ciencia social que estudia la extracción, producción, intercambio, distribución, y consumo de bienes y servicios. O sea, la forma o los medios de satisfacer las necesidades humanas mediante los recursos asequibles. Un psicoanalista es un especialista en tratar los procesos fallidos en la economía afectiva de sus pacientes. Su labor profesional se asemeja al de un historiador de arte que enfrenta la permanencia estática de lo antiguo con la diferencia dinámica de lo nuevo en el historial de vida del paciente. La psicodinamica es la ciencia que estudia las fuerzas inconscientes. 

La perspectiva de la historia vital del paciente se fundamenta en la lógica de la narrativa y se fundamenta en los encuentros que experiencia el paciente a lo largo de su vida. Un estado de malestar mental puede ser resultado natural muy comprensible de una experiencia molesta. La pena es la expresión emocional de una perdida, el miedo a menudo sigue a un suceso traumático, y la desmoralización es el resultado de la interpretación descorazonada de unas circunstancias vitales. Una narrativa – un relato cronológico del entorno, la secuencia y los resultados – puede hacer comprensible la evolución de tales estados emocionales, tanto para el paciente como para el analista.

Las implicaciones terapéuticas asociadas a este proceso incluyen la necesidad de apoyar y guiar al paciente a través de su curso natural de comprensión y recuperación, asistirle para que se de cuenta de cómo puede actuar para evitar problemas similares en el futuro, y suministrarle nuevas interpretaciones de sus circunstancias vitales para aumentar su optimismo y le permita actuar con mayor eficacia. La triada conceptual que subyace bajo la perspectiva de la historia vital incluye: 1.- el entorno, 2.- la secuencia; y 3.- el resultado. 
 
Si bien el psicoanalista adopta una posición personal próxima y físicamente presente, este proceso lo lleva a cabo él propio paciente de forma activa, y consiste en la puesta en forma de su propio espacio psíquico según los movimientos libres y espontáneos de su mente. En esencia, podemos definir el espacio entre el analista y su paciente a modo de una “intima separación.”
 
Llamamos psicoanálisis al trabajo mediante el cual se trae hacia la consciencia del paciente lo psíquico reprimido en el, o sea lo reprimido en el inconsciente. Ahora bien, ¿por qué eso de análisis?, si análisis significa fraccionamiento, descomposición, o algo análogo al trabajo que realiza un químico en el laboratorio respecto a las sustancias que encuentra en la naturaleza? 
 
La respuesta es sencilla, porque los síntomas del paciente se encuentran entremezclados de forma sumamente compleja. Además, tales síntomas son de naturaleza altamente compuesta y los elementos de esa composición, en ultimo termino, son motivaciones, deseos, y mociones pulsionales de las que el propio paciente sabe muy poco o nada.
 
Todo ello debe ser identificado y despejado analíticamente y en semejanza a un químico separando la materia prima que constituyen los compuestos. De forma análoga a como sucede en la química, la materia prima, al combinarse con otros elementos, a menudo resulta totalmente irreconocible. Ahí, precisamente, entra en acción la formación y habilidad del analista.
 
El síntoma del cual estamos hablando consiste de un miedo a saber. Pero, ¿a saber que? Pues, a saber algo que es propio del sujeto y de lo cual el sujeto no quiere saber nada, y lo reprime hacia el inconsciente. Y eso nos lleva directamente a apuntar a la tesis de que hay un saber que no se sabe – o que no se quiere saber – en cada persona … un saber reprimido.
 
Con gran frecuencia los humanos formulan preguntas sobre su propio comportamiento. Estamos hablando de preguntas personales como: ¿por qué temo viajar en avión?, por que tengo celos?, ¿por qué siento ansiedad constante?, ¿por que me deprimo?, por que temo separarme de mi pareja?, y ¿por qué repito una y otra vez el mismo error?, por ejemplo.
 
Se trata de una terapéutica psiquiatrica metódica y sistematizada basada en la palabra, durante la cual el analista escucha activamente al paciente, revelando de este modo la vida del inconsciente a aquel que se pregunta acerca de la autentica esencia su propia existencia. De esta manera, el analista permite al paciente tomar conciencia de fenómenos pulsionales inconscientes, sexuales, y agresivos reprimidos que condicionan su relación con el mundo circundante así como con el mismo. 
 
A la vez el psicoanálisis actúa como un catalizador de una reacción bioquímica que tiene lugar en el cerebro de la persona que intenta comprenderse a si misma y al mundo que lo rodea. Para lograr tal comprensión, primero hay que ser plenamente comprendido por alguien (el analista) que escuche atentamente lo que quiere decir, como lo dice, lo que no quiere decir, y lo que no puede decir, … sin interrumpir.
 
Para ello el analista aplica una técnica que consiste en liberar al paciente de la compulsiones inconscientes que le llevan a la repetición de las mismas actitudes, sus automatismos afectivos, así como liberarle de un condicionamiento alienante que a menudo lo transforma en maquina y lo deshumaniza. Esta por demás decir que el analista a menudo siente placer al capturar los productos del inconsciente de su paciente, y conducirlos hacia la consciencia. Siendo realista, es muy probable que esa misión jamás legue a completarse en su totalidad, pero cada centímetro y metro conquistado resulta mas útil en la mente consciente que en el inconsciente.
 
Metafóricamente hablando, tal captura se semeja a un pescador (analista) pescando en un profundo lago y partiendo de la certeza de que el escurridizo pez (producto del inconsciente) esta en el agua (el inconsciente). Pez y síntoma (lo que no se sabe o no se quiere saber) tienen algo en común; son básicamente sorprendentes e imprevisibles, y capturarlos no depende necesariamente de la buena o mala voluntad del pescador. 
 
Para ello se coloca una carnada para que el pez muerda; pero el pez a su vez es otra carnada que el pescador muerde. Pez y pescador eventualmente mueren por la boca … por la palabra. Ambos, mutuamente seducidos, se paralizan; entonces, o el pez sale del agua o el pescador se ahoga. Sea lo que sea, ambos se arriesgan a no retornar jamás a su lugar de origen.
 
Cuando alguien indaga cuál es el motivo de una emoción o una conducta absurda, esta afirmando que dentro de su inconsciente se disparo algo que desafía su propia lógica.; las razones que dispone son insuficientes; los efectos se independizan de las causas. 
 
Para comprender el accionar del inconsciente nuevamente acudimos a la magia de la metáfora. La angustia, la tristeza, la rabia, y los miedos son síntomas que emiten extraños sonidos ejecutados por un músico invisible que se infiltro en la orquesta y desfigura la melodía sin que se lo pueda localizar. Se sabe que esta ahí en algún lugar, se lo escucha, pero no se le ve. Una y otra vez de forma repetitiva perturba el flujo natural del concierto, y equivoca la partitura. 
 
Para el analista es suficiente solo un poco de paciencia y cuidado al escucharlo, para poder percibir que el también ejecuta una melodía distinta. Una melodía por momentos afinada y coherente, en otros desafinada e incoherente, que puede producir placer o alarma, pero que ignorarla resulta imposible. Es precisamente ahí, con su sensible y afinada tercer oreja, donde el analista es capaz de detectar la forma y ubicación del músico invisible, así como la naturaleza y la procedencia de su melodía perturbadora. 
 
Todo esto sucede a través de la investigación de los procesos dinámicos psicoafectivos que están en juego en el aparato psíquico del paciente. La finalidad del análisis es también permitir al sujeto que asuma plenamente su condición de ser humano, de tal manera que logre convertirse en una persona mas comprensiva, compasiva, tolerante, y humana.
 
En este sentido, el analista define un marco en el que prevalecen tres reglas básicas de pensamiento, sentimiento, y comportamiento humano: 1.- que el paciente no anule, cuestione, modifique, ni censure absolutamente nada de lo que viene espontáneamente a su mente; 2.- que el paciente lo diga absolutamente todo sin temor de ser valorado, juzgado, ridiculizado, o sometido a condicionante alguno; y 3.- que el analista permanezca pasivo y en el mas absoluto silencio, y no haga nada mas que escuchar el discurso del paciente con las dos orejas, y a menudo incluso con una “tercer oreja” que capte lo que no se dice o lo que no se puede decir. 
 
Es decir, se intenta crear un ambiente idóneo para que el paciente sea capaz de ponerle palabras simbólicas a sus emociones simbólicas, sin temor alguno a ser criticado ni evaluado, y todo en un movimiento basado en la mas libre asociación que su frágil y sensible andamiaje psíquico sea capaz de expresar. 
 
Este marco, no social, constante, y caracterizado por lo que se conoce como una interacción tipo “intima separación” que hemos mencionado con anterioridad, permite establecer una relación paciente-analista, muy distante pero a la vez muy próxima, que se ubica totalmente fuera del campo de los juegos, la manipulación, y la seducción. Esto se debe a que el narcisismo, con la típica y desproporcionada hipertrofia del propio ego o yo, representa un serio y distorsionante obstáculo para el profundo y real conocimiento de uno mismo.
 
El analista escucha e interpreta las palabras del paciente, en concreto de sus fantasmas conscientes y/o inconscientes, así como las palabras que utiliza para describir el contenido de sus sueños. Todo ello para favorecer la emergencia de una transferencia afectiva, a la vez que paulatinamente se le eliminan las defensas y resistencias. 
 
Por todo ello, el psicoanálisis trabaja con el discurso del sujeto, con el relato de sus vivencias, con su historia vital, y teniendo claro que aquello que realmente importa no es tanto la historia real de los hechos como su versión subjetiva de ellos – o sea su percepción, distorsión, e interpretación de lo sucedido. 
 
Podemos decir que mucho mas que la historia del paciente, interesa la trama o el entramado de lo sucedido; entendiendo la primera como realmente ocurrieron los hechos y la segunda como el paciente (el sujeto) compone y recrea lo vivido con sus particulares distorsiones y resistencias. Por resistencia se entiende todo acto o actitud del paciente opuesto al encuadre terapéutico, o bien, desde el enfoque psicoanalítico, opuesto al acceso del paciente a contenidos de su propio inconsciente.
 
Cabe mencionar que para ciertos psicoanalistas, sólo existe el análisis de las resistencias que presenta el paciente, ya que por regla general y paradójicamente el ser humano tiende a estar considerablemente más unido a su sufrimiento que a su placer. Con el paso del tiempo, la resolución de la neurosis de transferencia permite considerar el final del análisis.
 
Por otro lado, en la psicoterapia psicoanalítica la posición de neutralidad del analista-terapeuta se revelará más o menos benévola, en el sentido de una participación también más o menos activa en la terapia del paciente que, en los términos absolutos del psicoanálisis puro, se debe a la consideración activa de los aspectos vulnerables de la personalidad con una intervención exclusivamente interpretativa - pero no indicativa - por parte del analista. 
 
Cabe aclarar que en el psicoanálisis clásico el analista en ningún momento se presenta como un sanador. Esto se debe a que rechaza cualquier tentación de neurosis empática, no asiste ni ayuda para nada a su paciente con el ejercicio del sentido común, no contesta a ninguna de sus preguntas, y en la mayor parte del tiempo permanece pasivo y en silencio, y donde simplemente escucha activamente. 
 
Este aspecto pasivo y silencioso, y en consecuencia altamente ansiogenico y frustrante de la relación analítica, genera unos espacios silenciosos inconfortablemente prolongados que literalmente fuerzan el paciente a continuar hablando. Su propósito es poner en evidencia la capacidad del paciente para dar estructura y generar una actividad de simbolización. Tal simbolización actúa como fuente del propio crecimiento psíquico, de su maduración como persona adulta madura, y del desarrollo y plenitud de la personalidad del paciente.
 
En las psicoterapias psicoanalíticas la finalidad es inequívocamente aliviar el sufrimiento psíquico y erradicar los síntomas señalados por el paciente o su entorno. Se trata de ayudarle a dominar mejor esa vida pulsional desbordada e impulsiva que lo caracteriza, y proporcionarle, por ejemplo en la depresión, una mejor gestión intrapsíquica de las pulsiones agresivas dirigidas de forma cruel contra sí mismo. 
 
En esencia, y como en su momento apunta Sigmund Freud, el proceso terapéutico intenta ayudar al paciente a identificar y realizar una mejor gestión de la frustración, la ira, y la rabia de orden pulsional que, por algún motivo, invierte y dirige de forma masoquista hacia el interior de si mismo. 
 
Es psicoanalista puro y duro, en cambio, impone el silencio de su escucha al paciente, lo que constituye cierta frustración, fuente  potencial de resistencia al tratamiento e incluso, de resistencia al psicoanálisis. En este sentido, el analista ejerce un oficio imposible, siendo precisamente la impureza psicoterapéutica la que a menudo permite, de forma paradójica, progresar en los análisis. 
 
Todo paciente acude a un psicoanalista porque reconoce que le suceden eventos de naturaleza típicamente neuróticos que no entiende ni comprenden. Lo que sucede es que como resultado de cortes y artificios diversos, todos llegamos a pensar que las personas que nos rodean son muy diferentes unas a las otras – que todos somos distintos y especiales. 
 
Muy lamentablemente siento decirles que largos años de experiencia en las ciencias medicas, la docencia universitaria, y la gente que llena la vida en si, han demostrado que esa afirmación no es del todo correcta. De hecho, y afectivamente hablando, todos somos espantosamente parecidos unos a los otros. El lenguaje de los sentimientos habla un mismo lenguaje dentro de todos nosotros – sin excepción alguna.
 
En realidad, lo que cambia y nos diferencia, es la habilidad individual que poseemos para negar lo que no queremos ser, y la astucia y la convicción para afirmar – ante los demás y nosotros mismos - lo que aparentemente somos. 
 
   
 

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